5 abr. 2010

Una imágen de Dios



Imagina un tiempo donde todo es uno
El tiempo previo a la gran explosión que inició nuestro universo.
En ese tiempo antes del tiempo, toda materia y toda energía,
todo en el plano físico y todo en el plano espiritual eran uno.

Ahora imagina que la explosión que inicia el tiempo,
genera una división en la unidad que crea la multiplicidad.
Imagina un óvulo.
Este óvulo es fecundado,
una gran cantidad de energía penetra en él, lo mueve …
Finalmente, se divide y estas divisiones se dividen,
se dividen, se dividen y recrean una y otra vez.
De pronto, estas divisiones, comienzan a tomar forma y función diferentes,
pero siguen siendo iguales en esencia.
Forman tejidos, órganos, sistemas, membranas, espacios …
Forman un ser, un ser que seguirá creciendo,
creando materia, emociones, formas de pensamiento, intenciones y formas espirituales, creando vida, creando óvulos.
La unidad dividida, se expande conforme va recreándose a si misma, crea multiplicidad en el plano físico y multiplicidad en el plano espiritual.
Llama al plano físico Universo.
Al plano espiritual Dios.

En el tiempo en el que el tiempo empezó la materia y la energía parecían ser diferentes una de la otra y el universo se dispersó infinitamente. En el tiempo en el que el tiempo empezó surgió también un estado en el que las almas de todos los seres parecían ser diferentes una de la otra, esta unidad se dispersó infinitamente, separando sus aparentes partes cada vez más y creando aparentes dualidades.
El todo en si mismo polar recreándose a si mismo una y otra vez …
En esta apariencia exterior los seres humanos vivimos en aparente dualidad. En esta existencia en el plano material la vida es opuesta a la muerte, ser mujer no es ser hombre, buscar la luz es dejar la oscuridad.

En realidad materia y energía son formas de manifestación intercambiables.

Sabemos que la onda mas leve en cualquier parte del universo afecta a cualquier otra partícula de materia y onda de energía en cualquier otra parte del universo.
Sabemos también en el profundo recuerdo de nuestras almas, que todas las piezas de Dios son una en esencia y que cualquier movimiento que alguno de nosotros hace hacia una realización más profunda de nuestra divinidad, afecta en todas partes a todas las partículas de Dios.
Podemos entender nuestro viaje como un moverse de la unidad original a la multiplicidad fragmentada y de regreso a la unidad conciente.
Esa es la conciencia de unidad que nuestro ser anhela, que buscamos y podemos encontrar aquí en la tierra.


Mónica Herera.

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